Los amores tardios

Los amores tardios

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—Yo, tampoco. De todas maneras, no convendría que mi hermana se entusiasmara demasiado.

Soledad y Niel hablaban largamente.

—Parece que tu hermana y el ruso se abrazan místicamente en la luna —decía Larrañaga.

—Son como dos niños.

—Soledad es misteriosa no sólo para los demás, sino para sí misma —indicó José.

—A ella no le gusta que se lo digan.

—Claro, no comprende la impresión que produce. Si el ciprés pudiera hablar, diría: «¿Por qué me encuentran a mí triste?». Probablemente, la rosa, si pudiera también hablar, se asombraría de que la encontraran exuberante.

—Yo no sé si mi hermana se olvidará de este hombre; me temo que no.

Pepita se quedaba asombrada de las conversaciones de Soledad y del ruso; hablaban de mil cosas lejanas sin malicia, sin petulancia. No se referían nunca a cosas de amor ni a nada que tuviese relación con él.

El ruso, que había pasado en la vida muchas miserias, se manifestaba muy resignado.

Esta resignación de Niel era poco agradable para Pepita. Le parecía más lógica la cólera de José contra todo porque no le habían salido las cosas de la vida lo bien que él hubiera deseado.


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