Los amores tardios

Los amores tardios

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—Sí, es cierto —repuso Pepita—. Si mi marido hubiera volado como él durante la guerra, ¡qué de cosas no contaría! Seguramente hubiera sido él el que había dirigido la guerra y hecho todas las hazañas.

—¡Ah, claro! Pero no sé por qué protestas, porque a la mayoría de las mujeres os gusta eso. Un militar, para vosotras, no es un hombre atrevido y valiente, sino un fanfarrón que viste bien y tiene buena figura y le cae bien el uniforme. Que haya hecho grandes hazañas o que no haya hecho más heroicidad en su vida que comer con apetito las patatas del rancho, para vosotras es igual.

—¡Qué rabia! —exclamó Pepita, riendo—. ¡Con qué gusto morderías a todas las mujeres guapas que no se ocupan de José Larrañaga!

—Sí; empezando por mi prima.

—¡Hombre, no te quejes! Yo me ocupo de ti.

Cuando Niel concluyó el retrato de Pepita, esta quiso pagarle; pero el ruso no aceptó. Tenía bastante para vivir, porque su hermano le había mandado dinero. Niel quiso volver a hacer otra vez el retrato de Soledad.

—Yo creo que este hombre está enamorado de Soledad —dijo Pepita a Larrañaga.

—Sí, y a ella me parece que el ruso le gusta.

—No creo que sienta más que compasión por él.

—Pero ¿se puede pasar de la compasión al amor? Yo no lo sé.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker