Los amores tardios
Los amores tardios —SÃ, es cierto —repuso Pepita—. Si mi marido hubiera volado como él durante la guerra, ¡qué de cosas no contarÃa! Seguramente hubiera sido él el que habÃa dirigido la guerra y hecho todas las hazañas.
—¡Ah, claro! Pero no sé por qué protestas, porque a la mayorÃa de las mujeres os gusta eso. Un militar, para vosotras, no es un hombre atrevido y valiente, sino un fanfarrón que viste bien y tiene buena figura y le cae bien el uniforme. Que haya hecho grandes hazañas o que no haya hecho más heroicidad en su vida que comer con apetito las patatas del rancho, para vosotras es igual.
—¡Qué rabia! —exclamó Pepita, riendo—. ¡Con qué gusto morderÃas a todas las mujeres guapas que no se ocupan de José Larrañaga!
—SÃ; empezando por mi prima.
—¡Hombre, no te quejes! Yo me ocupo de ti.
Cuando Niel concluyó el retrato de Pepita, esta quiso pagarle; pero el ruso no aceptó. TenÃa bastante para vivir, porque su hermano le habÃa mandado dinero. Niel quiso volver a hacer otra vez el retrato de Soledad.
—Yo creo que este hombre está enamorado de Soledad —dijo Pepita a Larrañaga.
—SÃ, y a ella me parece que el ruso le gusta.
—No creo que sienta más que compasión por él.
—Pero ¿se puede pasar de la compasión al amor? Yo no lo sé.