Los amores tardios
Los amores tardios —Si yo tuviera las de usted, lo serÃa también —contestó Niessen.
—Yo no tengo nada, querido amigo —contestó Larrañaga.
—SÃ, sÃ; usted tiene mucho fuego, y lo que yo pinto es siempre frÃo.
Niel hablaba poco de su vida. Pepita quiso que le contara sus impresiones de su época de aviador, pero él se explicaba confusamente; no sabÃa contar nada con amenidad y atractivo.
—En Egipto, un inglés nos quiso contratar a otros dos rusos y a mà como aviadores para explorar el monte Everest. Aceptamos, pero luego no se presentó.
—No vuelva usted a ser aviador —le dijo Soledad.
—No, no; no lo seré.
Por otro compatriota se supo que Niel habÃa sido uno de los aviadores más audaces del ejército ruso y que durante dos años habÃa volado casi constantemente.
—Es raro que este hombre fuera antes tan atrevido —dijo Pepita a Larrañaga.
—Sà —contestó José—. Se ve que es decidido para las cosas grandes y tÃmido y torpe para las pequeñas.
—Lo contrario de la mayorÃa de la gente.
—Sobre todo de la gente meridional.