Los amores tardios

Los amores tardios

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José sospechó si el tal Niessen sería un granuja; tenía una cara inexpresiva y distraída. Supuso si fingiría, si exageraría su aire inocente y absorto; pero luego pensó si sería un medio santo.

«Indudablemente, no puede desenvolverse entre los demás Es un inocente.»

Soledad había notado, con la adivinación femenina, que Niel no era un holgazán ni un granuja, sino un hombre de corazón, cuya vida agitada le había trastornado.

El ruso dijo que tenía que esperar a su hermano.

Hablaba Niel con gran resignación.

Don Cosme convenció a las dos hermanas para que permitieran que Niel les hiciera un retrato.

Como Larrañaga dijo que él había pintado algunos cuadritos por afición, el ruso quiso verlos y fue a su casa.

—¿Quién ha hecho este retrato? —preguntó, señalando el de Nelly, colocado encima de la chimenea.

—Lo he hecho yo. Qué, ¿está bien?

—Sí, muy inspirado. Hay mucha fibra, mucho color.

Cuando Niel comenzó a pintar los retratos de Pepita y Soledad, Larrañaga asistió a las sesiones.

—Bien, muy bien —le dijo José— Dibuja usted admirablemente. Si yo tuviera las condiciones de usted, sería un buen pintor.


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