Los amores tardios

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A Larrañaga no le hacían gracia estas protecciones de su empleado. ¿A qué se metía este hombre a hacer de Providencia? Un pobre diablo sin un cuarto se permitía el lujo de favorecer a los demás. Era ridículo.

Don Cosme trajo en los días siguientes noticias de su huésped. Había sido oficial aviador en el ejército ruso; entonces se llamaba Nicolás Barssof; pero al desarrollarse en su país y en su familia la tendencia germánica y antirrusa aceptó su segundo nombre y su segundo apellido, y se llamaba oficialmente Niel Niessen.

Larrañaga tuvo después más noticias de Niel. Al parecer consiguió hacer dos o tres retratos, con lo cual sacó algunos pocos florines, que entregó inmediatamente a don Cosme.

«¿Ve usted cómo no me he equivocado? —dijo don Cosme a Larrañaga—. Niel Niessen es un alma de Dios.»

Don Cosme habló a Pepita y a Soledad de la habilidad de Niel para hacer retratos; fueron las dos a casa de don Cosme y hablaron con el ruso.

Larrañaga fue también a verle. Niessen no se daba cuenta clara del medio social; tenía una cortesía un tanto exagerada; saludaba inclinándose a las criadas. Larrañaga pensó que debía de estar algo trastornado.


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