Los amores tardios
Los amores tardios —¿Qué quería?
—Ha preguntado si había aquí consulado de Livonia. Lo hemos mirado en la guía y lo hemos encontrado.
—¿De dónde es ese hombre?
—Es de Riga.
—¿Se va a quedar aquí?
—Sí, se va a quedar unos días. Yo le he cedido un gabinete en mi casa.
—Ha hecho usted una tontería. A ver si no le paga.
—¡Bah!, ya pagará.
—No sé para qué se mete usted a hacer favores a gente desconocida. Así le resulta a usted todo.
—Este señor no piensa estar más que unos pocos días. Ha escrito una carta a su familia y esperará hasta que venga la contestación.
—¿Tiene dinero?
—No; creo que no.
—¿Y con qué piensa vivir entre tanto?
—No sabe. Verá al cónsul de su país. Quisiera hacer también algún retrato.
—¿Y usted se ha comprometido a darle de comer?
—Hoy ha comido en casa porque yo le he invitado, pero no quería aceptar; me ha dicho que, teniendo cuarto, no se preocupa de la comida; que con un poco de pan y de té se puede vivir.