Los amores tardios

Los amores tardios

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Era el ruso alto, flaco, atezado, con el pelo rubio, los ojos azules, grises, delgado, esbelto, con la cara tostada por el sol y el aire, la expresión, distraída y cansada, y varias cicatrices en la mejilla y en la frente. Al parecer era muy tímido. Tenía unas manos huesudas y fuertes, y en una de ellas le faltaba un dedo.

Fueron en la lancha Larrañaga y él sin hablarse.

—Siento lo que le ha pasado —le dijo Larrañaga—. Ya sé que el capitán no tenía ningún motivo para despedirle.

—El capitán es hombre apasionado; no me tenía simpatía.

—¿Qué va usted a hacer?

—Ya veré.

—¿Conoce usted Rotterdam?

—Sí, un poco.

—Si necesita usted algún informe en Rotterdam, yo se lo daré. La oficina nuestra, de la compañía, está en Willemskade.

Al llegar al muelle, el ruso se marchó con su caja en la mano, y Larrañaga se fue a su casa.

Dos días después, el empleado don Cosme le dijo a su jefe:

—Ha estado aquí uno que ha sido mayordomo de uno de nuestros barcos.

—¡Ah!, sí. ¿Será un ruso?

—Creo que sí.


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