Los amores tardios
Los amores tardios —No; no ha hecho nada, pero no encaja aquÃ; no tiene simpatÃas en la tripulación. No habla; concluye sus trabajos, se va a un rincón, abre un libro y se pone a leer. Hace también retratos a los marineros.
—Pero con todo eso no perjudica a nadie.
—Es cierto, pero no le quieren. No necesitamos curas protestantes. Aquà hay que seguir las costumbres de a bordo.
—¡Ah!, claro es.
Al dÃa siguiente, antes de partir, Larrañaga vio que el capitán llamaba al ruso y le despachaba secamente.
—No me conviene que esté usted en mi barco.
—Está bien.
El ruso escuchó con la atención de un subordinado, sin hacer la menor objeción.
Cuando Larrañaga se preparaba a tomar la lancha vio al ruso que iba a salir; llevaba una caja de cartón en la mano y una capa impermeable sobre los hombros. Con su aire distraÃdo y triste se veÃa que estaba indeciso.
—Puede usted venir conmigo —le dijo Larrañaga.
—Muy bien, señor, muchas gracias.