Los amores tardios
Los amores tardios Al final siempre terminaba en pensar que la cuestión económica era la clave de la situación, que sin dinero abundante no se podía hacer nada de un modo gallardo.
Pepita no se preocupaba de hasta dónde llegaba su inclinación. No la analizaba ni le importaba; ya no podía ni quería saber nada. Desde la época que habían pasado juntos en París, ella le quería; estaba segura de que él estaba enamorado de ella, y con inconsciencia tranquila se dejaba arrastrar; le parecía ir contra todas las leyes de la naturaleza el separarse de él en estas circunstancias.
Sin pensar en la contradicción que esto suponía, hablaba de sus nuevos amores, unas veces, como si pudieran ser eternos; otras, como si no le importara que fuesen pasajeros.
El escándalo posible no le importaba tampoco mucho; la cólera de su padre no la preocupaba; la de su marido, menos; únicamente le molestaría que Soledad tuviera mala opinión de ella, pero Soledad vivía acariciando su sueño místico con el ruso.
De esta manera, Pepita se sentía capaz de todo.