Los amores tardios

Los amores tardios

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—¿Te burlas?

—No, no; te admiro.

Larrañaga temía un paraíso demasiado brillante, porque antes de entrar en él veía ya el momento de la expulsión. Él no tenía medios para poder ser independiente y llevarse a Pepita a otra parte y comenzar nueva existencia. Ya sabía lo difícil y lo dura que es la vida para el hombre en un país extranjero, y más si es viejo y tiene escrúpulos morales.

Las observaciones que se le ocurrían no se las decía siempre a Pepita. El instinto le hacía callar, porque su voluntad inconsciente no estaba de acuerdo con sus razonamientos.

La mayoría de las veces no decía con exactitud lo que quería. Aunque se lo propusiera de antemano, su imaginación se desviaba y pasaba de un asunto a otro.

Muchas veces sucede esto. Se dicen frases que no se sienten y parece que tienen algún valor y que son expresivas; luego, si por casualidad se llega a tener el sentimiento y se dice la misma frase, entonces se la encuentra mísera, pobre, y que expresa incompletamente lo que uno quiere.

Ocurría a Larrañaga que no podía poner en claro sus deseos. Ella se entregaba o ella no se entregaba.

Si ella se entregaba, él debía estar a cierta altura. ¿Cuál era esta altura? ¿Qué exigía?


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