Los amores tardios
Los amores tardios Era algo como la ventana abierta en el cuarto de un enfermo, una entrada de luz y de aire campesino, un comienzo de tiempo primaveral.
Esta excitación, como de vino generoso, le perturbaba por completo, trastornaba su vida metódica, le daba el vértigo, se le iba la cabeza y tenÃa miedo de caerse.
Contra esta loca esperanza su sentido crÃtico le decÃa que después la desilusión y la soledad serÃan mayores, que valÃa más suprimir toda satisfacción, para no tener luego nuevos motivos de sufrimiento.
Pepita no querÃa pensar en el final triste. Quince dÃas de amores de vida alegre; luego, cualquier cosa. ¿Para qué pensar en el final? El final siempre es lamentable. Es la muerte. Hay que pensar en el principio; el final, sabe Dios cuál será, y si es inevitable, vale más no pensar en él.
—¿Para qué tanta reflexión? —dijo Pepita una vez—. Después de todo, si una tiene una inclinación fuerte, a la larga sigue esta inclinación. ¿Para qué luchar con ella si cree una que la van a vencer? Vale más dejarse llevar.
—Es una filosofÃa cómoda —replicó riendo Larrañaga.
—¿No te parece bien?
—Muy bien. Tiene el carácter sabio de todas tus cosas.