Los amores tardios
Los amores tardios Cuando estuvieron en ParÃs —dijo Pepita—, ella pensaba mucho en todo lo que José le decÃa; entonces le conoció, le vio por primera vez tal como era, y no como se lo habÃan hecho allá, en Bilbao. También se convenció de que ella se enamorarÃa de él, si es que no lo estaba ya, y que más tarde o más temprano serÃan los dos felices.
Larrañaga se hallaba cada vez más confundido.
—No te engañes con respecto a mà —decÃa—; no vayas a sufrir una segunda equivocación.
—Tú no te ocupes de mis equivocaciones —repuso Pepita—. No es que yo crea que tú seas perfecto, ¿para qué vas a serlo?, ni mucho menos; tienes defectos que te hacen gracia y otros que yo creo te los podré quitar.
—Yo soy un hombre raro.
—¿Cómo no vas a ser raro haciendo esta vida de solitario? Te ha dejado en un estado de tristeza la muerte de Nelly. Siempre has sido dado a la misantropÃa. Aunque hubieses vivido con Nelly, yo creo que hubieras seguido siendo triste.
A Larrañaga le parecÃa muy mal lo que Pepita decÃa de Nelly; pero no se atrevÃa a contradecirla.
Iba sintiendo una loca esperanza que le dominaba poco a poco y le embriagaba.