Los amores tardios

Los amores tardios

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III

LA DIAGONAL

Si es verdad que piensas únicamente en mí —escribe Joe—, ¿por qué preocuparte tanto de tu belleza?

Cuando el tiempo convierta en plata tu cabellera brillante, cuando tu mirada no tenga esplendor, sino una dulzura amable y apagada; cuando tu cuerpo sea marchito y débil y no rotundo y fuerte; cuando tu mano arrugada tiemble un poco y tus labios tengan una sonrisa pálida; cuando seas una viejecita de cuerpo pequeño y ligero como un pájaro, yo te querré como ahora, si no te quiero más que ahora.

«Antisensual», En voz baja

Los amores de Soledad y del ruso daban bastante libertad a Larrañaga y a Pepita.

Ambos hablaban constantemente, recordaban, se explicaban, reían.

Los amores de Soledad habían precipitado los suyos. Antes, mientras charlaban en presencia de Soledad, parecía que hablaban expresando sus pensamientos; pero no estando ella delante, era sólo el instinto el que brotaba en sus conversaciones, y muchas veces las palabras suyas no eran más que ecos lejanos, sonidos articulados para disimular la situación respectiva.

Pepita se acicalaba, se cuidaba de tal manera, que a Larrañaga le chocaba y se le antojaba excesiva.


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