Los amores tardios

Los amores tardios

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Parecía que tenía miedo de que Larrañaga fuera a despreciarla por un detalle cualquiera olvidado del tocado o de la indumentaria.

Cuando Pepita decía que no daba importancia a las cosas pequeñas, Larrañaga replicaba:

—Te leeré el capítulo del padre Rodríguez en su libro El ejercicio de perfección, «Cuánto importa hacer caso de cosas pequeñas y no las menospreciar».

—No me importa nada lo que diga ese señor.

—Pues está bien lo que dice. Esos jesuitas antiguos eran muy inteligentes y, en parte, muy liberales.

La intimidad de Pepita y de Larrañaga iba en aumento. Larrañaga marchaba siempre un poco cobardemente a huir de la responsabilidad.

A veces hablaban él y ella con detalle de mil cosas lejanas, insignificantes, y estaban tan de acuerdo que quedaban sorprendidos.

¡Se entendían tan bien! ¡Hubieran hecho tan buena pareja! Había en ellos como una repartición equitativa de cualidades. ¿Se hubieran entendido de la misma manera de jóvenes? «Quizá no», pensaba Pepita. Ella, por lo menos, hubiera necesitado la experiencia de sus últimos años de casada para comprender lo que había de noble y de bueno en Larrañaga.

Una vez que el diálogo les había excitado a los dos y que Pepita reprochaba a Larrañaga su frialdad, él la dijo:


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