Los amores tardios
Los amores tardios —¿Qué quieres que te diga? Que tengo por ti un amor ardiente y puro desde que te conocà y que no te he olvidado, serÃa ridÃculo. Si tú me hubieras hecho caso entonces, te hubiera querido siempre, seguramente. Pero ahora soy viejo, tú estás casada. Mira, vete; yo no quiero aprovecharme de tu cólera ni de tu dolor; vete, no puedo respirar. Mi corazón funciona mal.
—¿Por qué tener miedo? —preguntó ella humildemente.
—Yo siempre te he querido, pero quizá eso no tiene valor. Yo no sé si mi inclinación por ti tiene algo de respetable. A veces me parece que es casi santa, y otras que es apetito miserable y mezquino.
—No, no es.
Él entonces la atrajo hacia sà y fue a besarla, pero ella retiro la cabeza rápidamente.
—Déjame, vete —gritó él, levantándose—. La puerta está abierta. ¿Qué quieres de mÃ? Yo no te obligo a quedarte aquÃ.
—No me puedo marchar —murmuró ella, quejumbrosa—. Si me quedo aquÃ, me despreciarás.
—Yo, no.
—Si me voy, ¿me odiarás?
—No, tampoco. ¿Qué idea absurda tienes de m� ¿Es que hay alguna solución? Yo no veo ninguna. Vete.
—No.