Los amores tardios

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—Creo que lo mejor que puedes hacer es marcharte —murmuró él, con una voz que quería ser tranquila—. Me has trastornado por completo, no puedo pensar. Perdona si he estado brusco. A veces, uno no sabe decir las cosas con serenidad.

Ella salió y bajó a su habitación del hotel. Soledad estaba escribiendo cartas; luego se puso a leer un libro. Después de cenar dijo que tenía sueño y se fue a su cuarto. Pepita anduvo paseando de la derecha a la izquierda, mirando el suelo, contemplándose en los espejos y suspirando.

De pronto, resuelta, se sentó a la mesa y escribió:

Querido Joshé:

Estoy decidida. Decidida contra tus vacilaciones y contra mis intereses. Espérame esta noche, a las doce, en tu cuarto. Ten la puerta abierta. Iré.

Pepita

No hizo más que escribir la carta cuando pensó en romperla. La tuvo un momento abierta y, con decisión, abrió la puerta de su cuarto y subió al de Larrañaga.

Entró en el cuarto. José la miró con sorpresa.

«Te dejo esta carta. Léela», dijo ella, y salió en seguida de la habitación y bajó las escaleras.


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