Los amores tardios

Los amores tardios

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Al día siguiente, él la estrechó en sus brazos con toda su fuerza.

Luego la vio llorando.

No la quiso preguntar por qué lloraba. Se lo figuraba.

—Si pudiera tomar una resolución radical, no lloraría, pero no la puedo tomar; tendré que vivir allá con mi marido, con mi padre y con mis recuerdos.

—Él tiene la culpa; tú, no.

—¿Quién habla de culpa? Yo tengo la culpa, si es culpa eso. No le quiero, no le querré ya más. Me ha ofendido, me ha indignado, yo le he hecho a él lo que es y me paga así.

«Se había llegado al final», pensó Larrañaga. Le chocó cómo se llega a todo.

—Parecemos conscientes, libres —murmuró después, asombrado—, y las acciones más trascendentales de nuestra vida las ejecutamos en plena inconsciencia, casi como sonámbulos.

La situación que se presentó para Larrañaga desde aquella noche era situación llena de inquietudes. Pensaba en la familia, en la violencia del padre de Pepita. ¿Cómo acabaría aquello?

Larrañaga pensó, desde el primer día, que la vida amorosa a él ya no le cuadraba.


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