Los amores tardios
Los amores tardios Ella, en cambio, a quien el despertar del primer día, en el cuarto de Larrañaga, encontró llena de lágrimas, se mostró poco después alegre, burlona y decidida. Él estaba aplanado, como sofocado por una dicha inesperada. Se comparaba a sí mismo con una lechuza que ponen al sol.
«Es extraño cómo hay que acostumbrarse antes a todo —pensaba—. Si fuera verdad que hay un cielo, los primeros días de estancia allá serían insoportables.»
Esta mañana erótica, ardiente, después de una noche fría de la Groenlandia, le turbaba y le dejaba ensimismado y confuso.
Ella, en cambio, manifestaba inconsciencia, ligereza y alegría, que aumentaba por momentos.
Estaba en una crisis erótica, en un período de celo. Toda la cólera, el dolor, la tristeza de los meses pasados, se resolvía en torrente de lágrimas, de suspiros, de risas.
Era una tempestad sensual que a ella la tonificaba y a él le desquiciaba, le aniquilaba por completo.
«Soy demasiado viejo ya —pensaba Larrañaga— para una crisis así.»
La mayoría de la gente, y los hombres hipocondríacos, como José, están tan acostumbrados a reaccionar contra la desgracia y la mala suerte, que un momento de fortuna les trastorna y les deja perplejos.