Los amores tardios
Los amores tardios Pepita se mostraba enamorada, apasionada, llena de cambios extraños; tan pronto era la mujer ardiente, como la niña burlona; tan pronto se manifestaba infantil como se sentía maternal con su primo.
Al día siguiente, José notó que Pepita no llevaba el anillo de oro de casada.
Esta manifestación de fetichismo en Pepita produjo a Larrañaga gran sorpresa. Sin duda, Pepita, quitándose aquel signo material de alianza, se creía libre.
«¡Qué cerca estamos de los salvajes!», pensó José.
Pepita se sentía más atrevida que nunca. Charlaba, reía, cantaba en el cuarto de Larrañaga.
Se sentaba en los sillones como un Buda, acurrucada, con las piernas cruzadas, y fumaba y fantaseaba.
Al lado de Pepita, un poco juguete de porcelana blanca y sonrosada, y con el pelo rubio, Soledad, con su palidez y su pelo negro, tenía aire romántico. Era la criatura dulce, amable, un poco linfática, capaz de sacrificarse por cualquier cosa y que iba tomando, a medida que se exaltaba en sus amores con el ruso, color de magnolia y mirada vaga.