Los amores tardios

Los amores tardios

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La vida que hacían Pepita y Larrañaga era muy divertida. Él no iba a la oficina. Los dos paseaban por el campo, iban en automóvil por la costa y por las orillas del Mosa y del Rin. Comían en cualquier hotel y a veces en alguna posada de aire antiguo y pintoresco y volvían al atardecer, cuando el cielo, en el crepúsculo, se convertía en un mar rojo y dorado, lleno de islas incandescentes.

Él pasaba el brazo por la cintura de Pepita; ella apoyaba la cabeza en el pecho o en el hombro de José, mirando correr, por la ventanilla del auto, los campos verdes, cruzados por canales oscuros y morados; las chimeneas de las fábricas, los molinos de viento y las gabarras con grandes velas rojas y remendadas, iluminadas por el sol poniente.

Al acercarse a la ciudad contemplaban las filas de reverberos en los muelles, los focos eléctricos, escintilantes, que flotaban en el aire de la noche, y los faros terribles de los vapores que iluminaban un lienzo de pared o un grupo de árboles con luz espectral violenta.

Larrañaga variaba de medios de locomoción en sus excursiones para no dejar rastro. Así, generalmente, salían en tren y tomaban en algún pueblo próximo un auto.


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