Los amores tardios

Los amores tardios

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«Hay, indudablemente, varias clases de belleza —pensaba Larrañaga—; pero la belleza tranquila, armónica, no se da más que en las gentes que no trabajan y que no sufren. El hombre inteligente que piensa con energía, el sabio que busca algo, el artista que lucha con la expresión, la mujer encendida por la sensualidad o por el misticismo, tienen a veces una clase de belleza; pero es belleza atormentada, violenta y dolorosa. Sólo la juventud, la holganza y la buena suerte dan esa belleza tranquila, y al mismo tiempo entonada, que tiene algo del potro joven.»

Pasa lo mismo con ciertas condiciones morales, apacibles, tranquilas. Se dan únicamente en los hombres que no han tenido que luchar, que no han necesitado desarrollar sus instintos agresivos.

Es injusto, pero es la realidad: el bienestar tiende a hacer a la gente más buena que la miseria.

Pepita tenía esa belleza y esa tranquilidad de la vida feliz. Solía dejar dormida su inteligencia, que era despierta, para divertirse, para gozar.

Se cuidaba, se acicalaba; tenía unos jerséis de seda, blancos, amarillos, rojos, con algunos de los cuales estaba preciosa.

Pepita, para algunas cosas, era la serenidad misma; poseía una presencia de ánimo extraordinaria.


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