Los amores tardios
Los amores tardios —SÃ; pero, por si acaso, tú no los tienes. Eres maestra para tomar en la vida una posición cómoda.
—¿Crees tú? ¿No soy una buena chica?
—SÃ; pero te diré como un viejo de mi pueblo. Le decÃan, señalándole unas muchachas: «¿Son buenas chicas estas?», y él contestaba con marrullerÃa: «SÃ, sÃ, son buenas chicas; pero les gusta mucho la miel».
Pepita se reÃa. Sus nuevos amores no le quitaban la curiosidad y la atención por cuanto pasara a su lado, por las mujeres elegantes y por los hombres guapos.
«¿Quién es esa? ¿Quién es aquel?», preguntaba a su primo.
«A mà no me preocupa ninguna mujer más que ella —pensaba Larrañaga—; en cambio, a ella le preocupan todos los hombres.»
No era seguramente con intenciones ulteriores, pero le preocupaban.
Pepita era una mujer de salud y vitalidad grandes. A Larrañaga le asombraba. Indudablemente, el tipo de mujer rubia, meridional, tiene a veces gran fuerza.
Se comprende que los griegos imaginaran a Venus rubia, dorada. La mujer morena tiene casi siempre algo excesivo, inarmónico, da impresión de sensualidad o de violencia; pero esta mujer rubia, dorada, es como la armonÃa de la vitalidad.