Los amores tardios

Los amores tardios

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—Contaba a mi padre todo lo ocurrido entre nosotros.

—Ahora tengo ganas de leerla. Dame los pedazos.

—Ahora yo no quiero que la leas.

Y Pepita, abriendo el balcón, echó los pedazos al aire, que fueron volando como mariposas por encima del tejado.

—¡Qué torpe he sido! —murmuró Larrañaga.

—Y tú, ¿cómo tenías esa carta? —preguntó Pepita.

—Me la dio la señora Grebber, que es una mujer muy lista, pensando que ibas a hacer una imprudencia. Yo la he tenido ayer en mi poder.

—¿Y no la has leído?

—No.

—¡Qué tonto!

Pepita se echó a reír.

Larrañaga supuso que ella se alegraba de que la carta no fuera a su destino; pero ¿quién lo sabía? Quizá ni la misma Pepita sabía a ciencia cierta lo que deseaba.

—Entre tú y yo, querida —decía Larrañaga—, hay una diferencia de filosofía. ¿De filosofía? No sé si esto será filosofía. Tú eres absoluta, y yo, partidario de lo relativo.

—¿Crees tú?


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