Los amores tardios
Los amores tardios —SÃ. Tú dices: «Hay que ir hasta el final». Yo contesto: «Muy bien; pero sentémonos en el camino». Tú añades: «Hay que hacer esto con perfección». «SÃ, es cierto —replico yo—; pero lo perfeccionaremos más tarde». Y luego, ¡cosa extraña!, cuando hemos decidido algo, resulta que el absolutista soy yo, y tú la partidaria de lo relativo.
—No sé para qué pierdes el tiempo en pensar esas cosas —dijo Pepita.
Una semana después se recibió una carta del padre de Pepita. Fernando estaba en Bilbao y habÃa hablado a su suegro.
El señor Larrañaga, al parecer, se mostraba muy severo con su yerno y, en parte, también con su hija; le decÃa a esta que volviera inmediatamente a Bilbao, reconciliada con el marido, porque no estaba de humor de soportar necedades.
A fines del mes de septiembre irÃa Fernando a Rotterdam.
—¿Qué va a ser de mÃ? —exclamó Pepita—. ¿Cómo voy a vivir allÃ, con mi marido y con mi padre?
—Es lo que yo también me pregunto —dijo Larrañaga—. ¿Qué va a ser de m� ¿Qué voy a hacer, cuando tú te vayas y me quede solo?
—Piensas en ti más que en mà —repuso Pepita, quejosa.