Los amores tardios
Los amores tardios —No, pienso en los dos…; pero, al pensar en mÃ, tengo más lástima.
—Es el egoÃsmo.
—No; no es el egoÃsmo sólo, no. Tú tienes energÃa, tú dominarás los acontecimientos.
—Siempre se cree que los demás soportan las enfermedades y las desgracias con más facilidad que uno.
—Tú tienes fuerza; yo soy más débil que tú, estoy espiritualmente arruinado. Soy viejo, tengo el alma deprimida. Soy como un harapo.
—Ya no me quieres, Joshé.
—¿Por qué dices eso?
—Porque la idea de separarte de mà no te importa.
—¿Que no me importa? ¿Crees que si hiciera gestos y diera gritos me importarÃa más? Tu marcha es como si se me fuera la vida; pero ¿qué voy a hacer? No hay solución. Dejarlo.
Pepita comenzó a llorar y se echó en brazos de José.
Luego, insistió con Larrañaga:
—Si tú estás decidido, yo voy contigo. Decide; lo que tú decidas, haremos los dos. Iremos al fin del mundo.
—Pero ¿adónde vamos a ir? Yo no tengo un cuarto.