Los amores tardios
Los amores tardios —¡Ah!, ¿no tienes dinero? —le preguntó ella con sorpresa.
—No. ¿A ti te queda algo?
—A mÃ, no.
—Yo no tengo nada. He gastado lo poco que tenÃa. Sin recursos, ¿qué vamos a hacer? Dar un escándalo, para volver poco después arrepentidos, como chicos de la escuela, serÃa una ridiculez.
Larrañaga pensaba que si él no hubiera dependido del padre de Pepita quizá se hubiese sentido capaz de hacer una hombrada; pero en la situación suya era imposible.
Llegó Fernando a Rotterdam y se manifestó muy amable con todos, con Pepita, con Soledad y con José.
El marido hablaba a su mujer con afabilidad un poco fingida, como si entre ellos no hubiese ocurrido nada serio.
Pepita se mostró irónica, satÃrica, con su marido. Él parecÃa dispuesto a volver al redil.
Larrañaga miraba a Pepita sin ocultar su sorpresa. Estaba tan serena, tan tranquila. En sus dedos brillaba ahora de nuevo el anillo de oro de casada. Sin duda, era el fetiche matrimonial.
Fernando reconoció que tenÃa la culpa en la desavenencia suya con Pepita. Estaba ofuscado. HabÃa que perdonar al que se engaña. Se decidió el viaje de vuelta.