Los amores tardios
Los amores tardios Larrañaga vio que ella se iba.
No se le ocurrió hacer nada, ni tomar una determinación.
«¡Qué debilidad de los instintos! —pensó—. Un hombre apasionado hubiera sido capaz de matar al marido. Yo, probablemente, ni aun con la voluntad sería capaz de ello. ¡Qué vergüenza! ¡Qué actitud más miserable!»
Al marcharse, Larrañaga quedó de acuerdo con Pepita en que un mes después, a mediados de noviembre, él pondría un anuncio en un periódico de Bilbao, que diría esto: «El pelícano llegó al puerto». Esto querría decir que él había llegado al caserío de su madre, en un pueblecito de Guipúzcoa, y que la esperaba. Pepita contestaría y le diría dónde podrían verse.