Los amores tardios

Los amores tardios

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VII

ESPERA

¡Cómo suenan en estos pueblos vascos, en los días de otoño, las campanas de la agonía!

¡Cómo se derrama desde la torre de la iglesia, por entre la niebla, por encima de los maizales, amarillos y secos, y los prados verdes!

Dominan el valle estrecho, desde el desfiladero por donde pasa el río y se ve el cementerio con sus cuatro o cinco cipreses, hasta el peñascal, en el que se levanta una ermita. Es un recuerdo de la muerte, que corre por el ambiente, brumoso, triste y melancólico; es un recuerdo de la muerte, que acompaña al caer de las hojas y al murmullo del viento.

«Las campanas de la aldea vasca», En voz baja

Como había dicho Larrañaga a Pepita, a mediados de noviembre marchó al pueblo de su madre y al día siguiente mandó poner en un periódico de Bilbao el anuncio que serviría para dar a Pepita noticia de su estancia en la aldea: «El pelícano llegó al puerto».

Cuando vio el anuncio impreso en el periódico le entró una gran inquietud. ¿Lo había visto Pepita? ¿Sospecharía alguien de este anuncio extraño?

Había llegado Larrañaga a la aldea de noche, por el tren de la costa, una noche de otoño verdaderamente romántica.

La cara pálida de la luna iluminaba el cielo. Las nubes pasaban constantemente debajo de ella.


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