Los amores tardios
Los amores tardios Unas cuantas luces brillaban en el pueblo.
Desde la estación hasta la casa encontró algunas personas, pero nadie le conoció.
Le recibieron en el caserío y le llevaron al cuarto, una alcoba blanqueada, con la cama de madera con cuatro o cinco colchones.
Se asomó a la ventana. Se veía la silueta negra de la aldea. Algunas ventanas se hallaban iluminadas.
Un perro ladraba ronco y el reloj de la iglesia daba las campanadas, pesadas y lúgubres.
«El pueblo mío no me conoce —se dijo Larrañaga—, ni yo conozco al pueblo.»
Suspiró, porque se ahogaba. Sobre el tejado negro de una casa próxima brillaba Júpiter con luz de plata.
La carretera parecía huir hacia el norte. Por encima de ella aparecía la Osa Mayor.
Aquella serenidad celeste le perturbaba ante su inquietud espiritual. Cerró la ventana y se sentó.
«¿Realmente soy yo José Larrañaga? —se preguntó—. ¿Este hombre absurdo que se llama así está de verdad enamorado de su prima, o estos amores son una fantasía, una invención de un cerebro un poco desarreglado?»
Se miró a un espejo pequeño que había encima de la cómo da. Se vio pálido, demacrado, con la boca torcida como un hemipléjico.