Los amores tardios
Los amores tardios «¡Qué aire más lamentable tengo!», se dijo.
Paseó una mirada por el cuarto y se quedó extrañado al pensar que hacía más de treinta años que había vivido allá.
«Esa rueda del tiempo, que gira tan despacio en la niñez y en la juventud —se dijo—, marcha vertiginosamente en la edad madura. Los años que para los demás son trascendentales, los años de la vida social seria y grave, no dejan huella; en cambio, los de la infancia, los que para el mundo no son nada, dejan huellas indelebles.»
Después pensó en su infancia y en sus diversiones de chico, y murmuró: «¡Qué vida más pobre la del niño de mi tiempo! —pensó—. ¡Cómo ha subido de importancia el chico en estos años! En mi tiempo, el chico no tenía categoría en la casa. Comprarle juguetes hubiera parecido un absurdo. Hoy es el rey en la mayoría de las familias…, y, sin embargo, esa infancia tratada a zapatazos tenía sus compensaciones y quizá sus ventajas».
Siguió divagando y se dispuso a acostarse.
«Si siquiera uno pudiese dormir…», se dijo.
Luego, con la seguridad de no dormir espontáneamente, sacó de la maleta un sello de veronal y lo tomó con agua.
Por la mañana, después de haber dormido profundamente, se levantó temprano y con el cuerpo rendido.