Los amores tardios
Los amores tardios El día se presentaba triste y nublado. Larrañaga subió al zaguán y se paseó por un balcón de madera, húmedo y lleno de musgo, del viejo caserío, oteando desde él la carretera.
De los maíces, amarillos y sin hojas, no quedaban más que las cañas secas. Los robles del monte iban poniéndose pardos. En los prados pastaban las vacas, cantaban los gallos en los corrales, murmuraba un arroyo próximo.
Los pájaros, como asustados del otoño, iban buscando un rincón abrigado.
Estos detalles y los comentarios que hacía involuntariamente le emocionaban. Tenía una sensibilidad tan excitada y los nervios tan débiles, que cualquier cosa, el humo de las chimeneas, el olor de la tierra, el oír tararear una canción que recordaba de la infancia, le hacían llenarse los ojos de lágrimas.
Cerca, se veía un poblado de casas negras. Por las chimeneas salía el humo azulado en el ambiente oscuro y gris, como la oración apasionada que sale de un cuerpo pobre y viejo.
Subió al desván de la casa. Había montones de heno; ajos y cebollas, que colgaban de una cuerda; habichuelas extendidas en el suelo y dos arcones: uno, desvencijado y vacío; el otro, lleno de maíz. En un vasar, filas de manzanas despedían un perfume agradable.