Los amores tardios
Los amores tardios Larrañaga bajó a la huerta. En el extremo, en un ribazo, brillaba un grupo de heliantus, ya marchitos, y algunas matas de crisantemos. Un sol pálido salía por entre las nubes y volvía a esconderse tímido.
Larrañaga cortó las matas de los crisantemos, quitando las flores marchitas y las ramas amarillentas. Aquellas flores de otoño le daban una impresión triste, que rimaba con la melancolía de su alma.
«Estas flores de otoño —pensaba— tienen algo de fúnebres, quizá porque decoran el campo cuando caen las hojas. ¡Despiden un olor también tan triste!»
Como el campo no le distraía, se metió en la alcoba a leer.
Llevaba para entretenerse algunos libros, entre ellos un lunario antiguo; pero no podía fijar su atención en la lectura. Así que leía párrafos sueltos que muchas veces no comprendía. Una frase del lunario le sorprendió: «Algunos se han desvelado en estudiar las propiedades de la luna y se han fatigado no poco por alcanzar y entender sus efectos y sus cambios; pero todo ha sido querer agotar el mar, porque son tan varias sus mudanzas y tan admirables sus secretos, que no es posible darles alcance a todos».
Donde ponía la luna, Larrañaga pensó que decía Pepita.