Los amores tardios
Los amores tardios Luego leyó: «Dice Jacobo de Palermo que quien quiera saber el punto de conjunción de la luna, debe tomar una copa de plata y poner en ella agua del mar y ceniza de olivo. Al instante de hacerse la conjunción, se revolverá la ceniza y quedará el agua enturbiada en la copa».
«¡La ceniza! ¡La ceniza! Es lo que me ha quedado», murmuró.
La impaciencia le devoraba.
Sentía a cada paso una sensación como de mareo.
«Estos hombres que viven en su aldea contentos —pensó Larrañaga—, que encuentran en ella la mujer que quieren, tienen hogar, hijos y esperan dormir al lado de su mujer en el cementerio aldeano, serán quizá gentes felices.»
Larrañaga miraba el monte pedregoso, oscuro; el pequeño cementerio, destacado entre la niebla, con sus cuatro o cinco cipreses puntiagudos. Una mujer vestida de negro pasaba con una guadaña al hombro. Parecía la imagen de la muerte.
No venía Pepita y no llegaba la carta.
Vigilaba Larrañaga, impaciente, esperando ver si por la carretera aparecía un automóvil o el cartero.
Por fin, llegó la carta de Pepita; subió al balcón a leerla. No decía nada importante; estaba bien, aunque delicada de salud; no pasaba nada; no se decidía a ir a visitarle: le parecía una imprudencia.