Los amores tardios
Los amores tardios Él debía estar satisfecho. Ya se había resuelto la cuestión. Él seguiría viviendo en Rotterdam; ella, en Bilbao.
Al comprenderlo, se quedó frío y turbado.
Una ráfaga de viento arrastró por la carretera montones de hojas secas.
«Así somos también nosotros, como las hojas que empuja el viento a derecha e izquierda.»
Larrañaga debía encontrarse satisfecho, pero no lo estaba. Sintió, al ver que Pepita no venía, gran depresión, una marea baja en el alma que le trastornó y le produjo vértigo.
Siempre ocurría lo mismo. Pepita quiso que él tomase ante sí mismo la responsabilidad de lo que podía ocurrir. Él no se había atrevido, no pensando únicamente en su bienestar, sino principalmente en el de ella.
Ya estaba todo resuelto, todo arreglado, y ahora es cuando no iba a poder vivir. Sin embargo, era lo que él había deseado.
«Es cosa terrible esto de no ver nunca claro en sí mismo.»
Sentía una mezcla de alivio y de pena; de alivio, por huir del peligro y de las situaciones difíciles futuras posibles, y de pena, porque le parecía doloroso no verla, ni oírla. Se hubiera contentado con la posibilidad de verla de cuando en cuando.