Los amores tardios

Los amores tardios

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El amor propio le hacía pensar: «He quedado bien; ella no me puede reprochar nada»; pero esta satisfacción estaba muy impregnada de amargura.

La depresión profunda del ánimo le producía como un desdoblamiento y una cierta insensibilidad. Lo orgánico era en él lo deprimido; el espíritu estaba sereno. Podía discutir y razonar con tranquilidad, y hasta con cierta sorna, de su situación.

«Estos amores tardíos —se dijo— son como esa planta fantástica que llama Eliano cynopastos, que echa una flor de color de fuego que brilla al anochecer a la manera de un relámpago. Ya brilló y se apagó.»

Se puso a pasearse por el balcón de madera del caserío, de un lado a otro, mecánicamente. No quería salir. No quería encontrarse con nadie en la carretera. Cerca de una hora estuvo dando vueltas en el balcón.

«Está uno bien, muy bien —murmuraba, de cuando en cuando, frotándose las manos—; por la derecha, el vacío; por la izquierda, nada…, el corazón, que no marcha, o que marcha mal, y la angustia perpetua…; luego, la vida en el extranjero…, la lluvia, la niebla… ¡Ah…! Estamos bien. Estamos bien», y se frotaba las manos de nuevo y suspiraba.

Confuso, y sintiéndose como el animal herido, se decidió a volver a su casa de Rotterdam. Después de tomar esta decisión, se sentía con alguna energía.


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