Los amores tardios

Los amores tardios

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VIII

EL FANTASMA

Este hombre, creado en la sombra del claustro, sometido a una disciplina férrea, ¿es igual a mí, que respiro el aire de la calle con sus gérmenes buenos y malos, o es como un fantasma? El misticismo, la maceración, el rezo y el ayuno, ¿lo han cambiado de verdad? ¿Han aniquilado en él sus instintos animales, o no han hecho más que disfrazarlos y darles una dirección distinta?

«Sombras», Las sorpresas de Joe

En su estado absorto, de abstracción, Larrañaga no se fijó en que comenzaba a oscurecer. Seguía paseando, cuando oyó voces en la escalera que conducía a la buhardilla.

«¿Quién será?», se dijo.

Se acercó a la puerta, la empujó y la abrió violentamente. Estaba la vieja del caserío y la sombra larga y negra de un cura.

—¿Qué hay? ¿Qué me quieren? —dijo con voz malhumorada José.

—Es el padre Domingo —contestó la vieja.

—No sé quién es.

—¿No me conoces? —preguntó el cura.

—No.

—Soy Domingo Arruabarrena.

—¡Ah, sí!


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