Los amores tardios
Los amores tardios Domingo era un compañero de la infancia del mismo pueblo, que se había hecho jesuita y que se había distinguido después por algunos trabajos de lingüística.
Larrañaga sintió un momento de terror. ¿Qué le podía querer aquel hombre?
—¿Estás en el pueblo? —preguntó Larrañaga.
—Sí, he venido a verte.
La vieja del caserío exclamó:
—Pero vayan ustedes abajo. Esto está muy oscuro.
Bajaron las escaleras. A Larrañaga le latía el corazón.
«¿Qué será esto? —se preguntaba—. ¿A qué vendrá este hombre?»
Llegaron al piso de abajo y entraron en una sala del caserío, blanqueada, con unas vigas irregulares, pintadas de azul, en el techo; una cómoda ventruda, con un Niño Jesús, con faldas, en medio y varias fotografías, de una muchacha y un soldado, un espejo, dos o tres cromos religiosos, un velador y una máquina de coser. Alumbraba el cuarto una bombilla de luz eléctrica.
El jesuita se sentó. Era alto, flaco, con la expresión aguda y tímida, los ojos claros, la nariz corva, la piel sonrosada y la boca sonriente, de dientes blancos. Tenía ese aire de humildad y de indiferencia muy característico en los jesuitas, lo que no excluía cierta presunción y coquetería algo femenina.