Los amores tardios
Los amores tardios Larrañaga le contempló, apoyado en la cómoda, con cierta impresión de enfado, con un aire oscuro, ceñudo y brutal.
—¿Cómo sabías que estaba aquí? —preguntó.
—He venido a pasar unos días a mi casa —respondió el jesuita—. Ayer te vi en el tren.
—Yo no te vi.
—Me viste, pero no me conociste.
—Es igual.
—Tenías un aire tan reconcentrado y tan intranquilo que me llamó la atención.
Larrañaga volvió a tener otro movimiento de terror, pero pudo serenarse.
—He pensado que podías necesitar de mí, y he venido —añadió el jesuita.
—Gracias, te lo agradezco —contestó Larrañaga, y se puso a medir el cuarto, con sus pasos, de un lado a otro.
—¿Estás inquieto?
—Sí, estoy neurasténico. Necesito moverme y andar.
El jesuita contempló a Larrañaga, que iba y venía, mirando al suelo.
Desde la puerta del cuarto se veía un pasillo, de cuyo techo colgaban mazorcas de maíz.
—¿Te ha extrañado mi visita? —preguntó el jesuita.