Los amores tardios
Los amores tardios —Sí.
—¿Y hasta te ha asustado?
—Sí.
—¿Por qué?
—Pensaba que quizá pretendieras confesarme.
—¿Y por qué no?
—¡Porque no! ¡Me he confesado tantas veces conmigo mismo!
—No es igual. ¿No piensas que contando tus aflicciones podrías sentirte mejor?
—No, mis aflicciones no son exclusivamente mías, mi secreto no me pertenece. Yo debo soportarlo solo. Yo soy el culpable, yo debo soportar mi culpa.
—Eres soberbio y orgulloso.
—Es posible.
—¿Has tenido alguna desgracia?
—Sí.
—¿No quieres decir de qué género?
—No.
—Supongo que habrá entre medio una mujer.
—¿Por qué lo supones?
—Siempre has sido un sensual y un apasionado.
—Yo… ¿Tú crees…?
—Sí. En tu cara, ayer, se leía la decisión y la sensualidad. Tenías cara de endemoniado. Por tu aspecto podías ser un conspirador o un anarquista.
—Como hoy.