Los amores tardios
Los amores tardios —Hoy estás más triste, más acabado, pero menos inquieto.
—Te agradezco, chico, que te ocupes de mi cara. ¡Tiene gracia!
Larrañaga dio unos cuantos pasos por el cuarto y se asomó a la puerta.
—¿Es cierto que no practicas la religión? —preguntó el jesuita.
José se volvió con viveza, vaciló y dijo después secamente:
—Es cierto.
—¿Por qué?
—No soy cristiano, no creo en el pecado.
—No digas disparates. Estás bautizado.
—¡Bah! ¿Eso qué importa?
—¿No crees?
—No.
—¿Por qué?
—No puedo creer.
—¿Qué exigirÃas para creer? ¿Pruebas?