Los amores tardios
Los amores tardios —¡Pruebas! ¿Qué pruebas puede haber de la exactitud de la religión, de la existencia de Dios? Demostrar la existencia de Dios por matemáticas es una estupidez. ¡Con un artefacto humano probar la existencia de algo sobrehumano! Es una perfecta necedad. Hoy, que las ideas de tiempo, espacio y causalidad han recibido golpes tan rudos, nos van a venir con esa sandez de preguntar: «¿Quién hizo el mundo? Y si no lo hizo Dios, ¿quién lo hizo?». Son majaderÃas de cretinos.
—Antiintelectualismo —dijo el jesuita—, hay que tener humildad y buen deseo. El que mezcla las matemáticas con Dios, para mÃ, es un iluso.
—Para mà es un imbécil.
—Bien. Sigamos con nuestra explicación. ¿Qué exigirÃas para creer?
—No sé. Creo que la fe puede contagiarse, no creo que pueda demostrarse. Un ejemplo harÃa más que veinte disertaciones. Un San Francisco de AsÃs vivo atraerÃa a su religión más que una pirámide de libros de teologÃa.
—Siempre el espÃritu orgulloso y soberbio.
—Es una frase que manejáis vosotros. Yo no sé quién es más soberbio y orgulloso: si el que quiere enterarse con sus ojos, como yo, o el que afirma que lo sabe todo, como vosotros.
—Pero no por nosotros mismos; por Dios, por nuestros maestros.