Los amores tardios
Los amores tardios —¡Bah! ¡Palabras!
—Asà que no has podido cambiar. Sigues siendo ateo y clerófobo.
—¡Clerófobo! Nunca lo he sido. Nunca he tenido de los curas ideas de El motÃn. Si el cura español es fanático y despótico, es porque el español lo es. Nuestros defectos y nuestras cualidades son las suyas.
—También me han dicho que cuando estabas en Bilbao hablabas mal de nuestro maestro Ignacio.
—No sé. No lo recuerdo. No me interesa vuestro Loyola más que el Gran Lama.
—He oÃdo decir que abominabas de nuestros ejercicios.
—No, no me parecÃan más que ridÃculos.
—Nos tendrás odio a nosotros, a los jesuitas.
—No, ¿por qué? En el pueblo holandés donde vivo, muchas veces los defiendo.
El jesuita contempló atentamente a Larrañaga. Este se habÃa ido tranquilizando. Al principio se habÃa alarmado, pensando si su antiguo condiscÃpulo traerÃa alguna misión relacionada con Pepita. Al ver que se trataba de un punto ideológico se serenó.
El jesuita dijo:
—¿No has pensado alguna vez que puede haber infierno?
—Nunca. No creo que haya más que una naturaleza, un universo.