Los amores tardios
Los amores tardios —Porque vosotros, los curas y los frailes, sois como un anejo de la guardia civil. Lo sancionáis todo siempre que favorezca al fuerte. ¿Matan a un inocente? Allà vais vosotros a calmarlo para que no grite ni se queje, ni turbe la digestión de vuestros amados propietarios. ¿Hay una guerra? Allà estáis vosotros para bendecir las ametralladoras y los gases asfixiantes y cantar el Te Deum. Vuestro ideal es que el mundo no se mueva, que no haya trastornos… Lo único que conseguÃs es que no se revuelva el estiércol y que pasajeramente haya menos olor, pero a la larga todo eso hiede.
—Bien. Yo no he venido a hablar de polÃtica.
—Yo tampoco pretendo hablar de polÃtica.
—Con la mala idea que tienes de nosotros, probablemente supondrás que yo me he acercado a ti con una intención aviesa…
—No, no supongo eso. Creo que tu intención es buena y humana.
—¿Y no me rechazas?
—No. Vienes cuando estoy caÃdo y hundido, me dices una palabra de consuelo… ¿Te voy a rechazar…? No… Pero si fueras protestante u otra cosa cualquiera, tampoco te rechazarÃa.
—¿Qué vas a hacer? ¿Quedarte en la aldea?
—No; vuelvo al paÃs donde tengo mi empleo.
—¿No quieres algo aqu�
—No. ¡Muchas gracias!