Los amores tardios
Los amores tardios —Siento verte sin consuelo posible.
—¡Ah! ¿Quién sabe? La vida es siempre larga, y aun en la desgracia hay vetas de consuelo insospechables.
El jesuita se levantó.
—¡Adiós! Quizá no lo creas, pero quisiera verte feliz.
—Yo también a ti.
—Yo lo soy en mi convento.
Larrañaga le dio la mano; el jesuita se la estrechó e hizo un intento tÃmido como de abrazarle, poniéndole la mano en el hombro.
Pocos momentos después, Larrañaga cenó ligeramente en aquella misma sala, arregló su maleta y fue a tomar el tren.