Los amores tardios
Los amores tardios LOS DÍAS LLENOS Y LOS VACÍOS
Cuenta Pablo Jovio, en su Diálogo de las empresas militares, que don Diego de Guzmán, habiendo intentado una vez pasar el vado de un río en compañía de su dama, y habiendo sufrido grandes tropiezos y malos pasos, inventó un emblema, que consistía en una noria, con los arcaduces que sacan agua y la vierten, y porque en cada momento casi la mitad de ellos estaba llena y la otra mitad vacía, puso a su enseña este mote: «Los llenos de dolor y los vazios de sperança».
«Un emblema antiguo», Evocaciones
Durante el otoño y el invierno, José Larrañaga no tuvo noticias de Pepita. Supo algo de los amores de Soledad con el ruso por don Cosme, amores cuyos incidentes alarmaron a la familia en Bilbao.
Por lo demás, nada; silencio absoluto. No le escribían de casa, y si le escribían, no le hablaban de Pepita.
En la época de la lluvia, Larrañaga vivió metido en su rincón de la calle del Pelícano, leyendo.
Larrañaga se sintió muy decaído. Veía que perdía la memoria; se le olvidaban las palabras. Tenía constantemente en su imaginación la idea de la soledad, de la vejez, mezclada con el mal tiempo del invierno, que le parecía que no iba a acabar nunca.
«Va uno rápidamente a la decadencia», pensaba.