Los amores tardios
Los amores tardios Sentía una porción de terrores, de fobias, que dicen los médicos. Afortunadamente, tales fobias cambiaban en él; tan pronto era la muerte, que le parecía una cosa próxima, horrible, tremebunda; tan pronto la soledad o el idiotismo. A veces, todo este telón negro variaba y sus preocupaciones se le antojaban algo ridículo que no valía la pena de tomar en serio.
La vida le parecía tenebrosa; el correr de los días, pesado, monótono y negro, sin ráfagas de luz. Como en el emblema citado por Pablo Jovio, podía repetir: «Los llenos de dolor y los vacíos de esperanza».
El mundo era para él una maquinaria pesada, un molino que iba moliendo y triturando el tiempo, que se deshacía y se formaba de nuevo automáticamente. El final se sabía: la única aspiración era encontrar una manera cómoda de ser triturado al compás del tiempo.
Como en el mote del emblema citado por Pablo Jovio, tendría que repetir: «Los llenos de dolor y los vacíos de esperanza».