Los amores tardios

Los amores tardios

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—Ahora no creemos en nada, pero inventaremos alguna utopía razonable o estúpida para dentro de poco. Somos grandes constructores de ilusiones, hasta que hacemos lo posible para destruirlas. Ya oirías contar a nuestro amigo Stolz su gran decepción con los suecos. Fue a Suecia lleno de fervor ario escandinavo, consiguió una audiencia para ver al rey, se lo encontró en un salón de su palacio bordando en un bastidor. Al parecer, muchos de sus súbditos se dedican a este trabajo que a nosotros se nos figura de mujeres. Entre los escandinavos hay afeminados como puede haber en los países del sur, y entre la gente del sur hay gente de inteligencia tan pesada y tan torpe como en el norte.

—Chico, las ideas tuyas me dan el vértigo —dijo Pepita—; tú debes de estar enfermo.

—Es muy posible; pero, ¡qué le vamos a hacer!, ya no hay cura. Es posible que tenga manía razonadora o manía destructora, pero, en fin, ya sabes que en último término estoy dispuesto a callarme.

—No, no; habla.

—Estos pueblos de la Europa germánica son inteligentes, pero muy mezquinos. En cambio, los españoles no somos tan mezquinos, ni tan trabajadores, ni tan inteligentes.

—Yo no veo que los españoles sean tontos.


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