Los amores tardios
Los amores tardios —¿Es verdad que tú crees que vale la pena de oír a las mujeres?
—¡Qué duda cabe! Aunque digan tonterías, vale la pena oírlas.
—¿Y si no las dicen?
—Si no las dicen, pues mucho más.
—¿Y sería de verdad un animal marino con facha de mujer esa sirena?
—¡Ca! Probablemente, una invención de la fantasía popular.
El tiempo estaba espléndido, la tarde de otoño, suave y tibia, las nubes se amontonaban en el ocaso; el cielo iba quedando azul; el sol se ponía entre nubes moradas y rojas; brillaba en los campos de lúpulo y sobre las praderas esmaltadas por las flores de la colza, y producía sombras alargadas en el suelo; los árboles mostraban algunas hojas amarillas entre el follaje verde; los pájaros corrían en bandadas por las espesuras. Había un olor agradable a humedad y a hierba.
Por el mismo camino iba un labriego cantando.
—¡Oh! —exclamó Larrañaga.
—¿Qué te pasa?
—Esta canción que se oye al anochecer en el camino es la que me impresiona, no distingo si es buena o mala, inspirada o vulgar. A esta hora y en el campo una canción así me produce siempre nostalgia y tristeza.
—No me había fijado —contestó Pepita.