Los amores tardios

Los amores tardios

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—Bueno —dijo Larrañaga—, no te vayas a cansar. Tomaremos el tranvía.

En el tranvía, como el interior estaba lleno, Pepita y Larrañaga quedaron en la plataforma. Con los movimientos, a veces ella tenía que apoyarse en él y se reía.

Al acercarse a Ámsterdam, contemplaron los edificios próximos de los alrededores, barriadas de obreros, con casas horribles, cuadradas, de ladrillo, como cajas de puros. El sol brillaba en las torres, en los tejadillos y en las veletas con pálido resplandor.

Al volver al hotel, la calle estaba desierta; el canal, solitario, y las luces, en fila, se extendían a lo largo del muelle.








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