Los amores tardios

Los amores tardios

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—Sí; hay pocas gentes que en esos valores del espíritu tengan como ella una opinión fuerte. A Pepita no le engaña nada; el snobismo, las afectaciones de originalidad y de elegancia no le cogen. Parece distinguir la moneda falsa de la buena al momento.

—Es verdad —dijo el señor Van Leer—; posee una independencia de juicio y muy graciosa, que no es una cosa estudiada.

—No; es espontáneo en ella.

—Por eso me sorprende tanto. Allí, en Buenos Aires, todo es snobismo, y aquí igual.

—Es la acción de la prensa —dijo Larrañaga—, que da las opiniones hechas, y un poco el bluff de la época. En nuestro tiempo se ha creído, por ejemplo, que Flammarión era un astrónomo como Kepler o como Copérnico, que Maeterlinck o D’Annunzio son como Shakespeare.

—¿Usted cree que los antiguos valdrían siempre más que lo modernos? —preguntó el señor Van Leer.

—No lo sé. Yo no hablo de su valor como quien dice intrínseco, sino de lo que representan esos hombres antiguos para los hombres de hoy.

El señor Van Leer y Larrañaga estaban de acuerdo en muchas cosas, sobre todo en su admiración por Pepita.


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